HORACIO MORELL
Horacio Morell no está en Missoula, posiblemente nunca haya estado allí, en Missoula. No es un ratón ni un ciervo, ni un bisonte que mancha la llanura, pero a veces cuando él se mira al espejo o cuando coge la pluma y escribe o cuando simplemente se echa a descansar en el sillón blanco del salón… La nieve está allí, reposando también en la llanura. No deja que nadie la mancille con pisadas manchadas de años, pero es inevitable y siempre llega el momento en el que las huellas deciden también reposar sobre su blanca faz. Entonces es cuando ya no se sabe nada porque mientras nada está dicho todo queda por decir, pero cuando se escriben y emborronan los cuervos, las facciones se dibujan, y aunque borrosas parecen la sombra de alguien que tiene ciertos tics: un guiño en los ojos, un andar reservado, una herida aún no cicatrizada, que le hace aparecer como detrás de un cortinaje rojo. Al final, en cambio, sus ojos lo delatan. Son ojos cansados, son ojos turbios. Se cree que son suyos cuando son del otro. Detrás de los cristales cae de nuevo la nieve. Un ciervo se dibuja en la ventana, entre los libros.
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