LA IMAGINACIÓN, ESA RAMERA
He tardado bastantes años en descubrir donde se encontraba la imaginación. Todo el mundo sostiene y nos hace saber, con sus grandes dotes imaginativas, que la imaginación es un atributo característico de la infancia. Pero nada más lejano a los verdaderos hechos. Si no de qué la tardanza en descubrirla. Porque la imaginación hay que descubrirla, sitiarla, incluso, diría yo, asustarla un poco, para después poder enclaustrarla dentro de uno, encerrarla en nuestra torre, eso sí, una torre alta, ligera, llena de ventanas que divisan los amplios paisajes que la circundan, y una vez encarcelada dentro de la torre vigía: mirar, mirar hasta que nuestros ojos nos duelan y nuestra mirada penetre tan dentro, tan dentro en el exterior que nuestro interior, aislado, ensombrecido sin la luz solar que nos diga basta, ahora ya veo yo también, ahora ya puedo salir de mí, ya me puedo imaginar paseándome de día y de noche, buscando, buscando entre los setos, entre los coches, en las aceras, en los desiertos, en las afueras de las ciudades, para descubrir al final que como las rameras: todo es una historia sin historia. Que la imaginación es esa ramera que se va con todos y a nadie quiere.
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