TRAS EL IMPACTO
Esa noche me fui a dormir sin sueño. Me tumbé boca arriba, me cobijé en el edredón y me arropé hasta el cuello. Mis ojos miraron entonces el techo de mi cuarto, miraron la soledad de sus paredes, miraron hacia fuera, hacia el balcón de contraventanas abiertas, miraron la luz de las farolas y su resplandor en la calle estrecha. Después cerré los ojos y vi el liso techo de mi cuarto, la soledad de sus paredes blancas, las contraventanas abiertas y, detrás, la luz de las farolas iluminando el callejón incierto de ahí afuera. Abrí los ojos un instante y observé el techo y las paredes blancas, vi las contraventanas abiertas y el resplandor de afuera de la calle mientras se cerraban mis ojos y veía que el techo del avión era blanco, que en las paredes abombadas había dos hileras de pequeñas ventanas redondeadas, y afuera era de noche y apenas se notaba la niebla entre las nubes. Tenía los ojos abiertos, pero mis párpados pesaban, cerré los ojos y vi el techo abombado del avión, las blancas paredes cubiertas por dos hileras de ventanas circulares, no había luz afuera en la noche. Abrí los ojos pesados para observar de nuevo el abombamiento del techo del avión y las dos hileras de ventanas circulares en las paredes blancas y por ellas la luz oscura de la noche penetrando entre las nubes y la niebla. Volví a cerrar los ojos para ver el techo de mi cuarto y las dos hileras de ventanas circulares y a través de ellas la luz de las farolas en la noche. Al abrirlos, el techo liso de mi cuarto me aplastaba y por los círculos de las ventanas penetraba una extraña luz que me alumbraba. Cerré los ojos asustado, el fuego tras el impacto abrasaba las contraventanas del balcón, los abrí, y el techo inexistente del avión ya no cobijaba mi cuerpo en la cama tumbado, yacía junto a otros cuerpos calcinados, negros como la noche, y mis ojos abiertos.
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