EL CARTERISTA


Me paso todo el día mangando carteras, pero no me reporta ningún beneficio. Recuerdo que desde pequeño ya ejercía esta -delictiva para algunos- ocupación. Mis métodos no disienten de los habituales, lo sé porque en mis largos años de trabajo y búsqueda ya he residido en más de un lugar donde había sujetos que, según ellos, tenían mis mismas maneras, no era nada original, me decían. Incluso llegué a escuchar de los que nos custodiaban aquello de “Otra vez aquí”, “Cuándo sentarás la cabeza”, “No ves que así no se pude vivir”. Y eso es lo que yo les contestaba: que así no se podía vivir, que era una necesidad, que tenía que hacerlo, que mi vida estaba embaucada a buscar sin remisión. Normalmente trabajo en el metro, aunque los autobuses atiborrados, y llenos de turistas, no son nada desdeñables, nunca se sabe dónde encontrarla. Suelo preferir los vagones algo concurridos, antes, en el andén, elijo el bulto en el bolsillo o el bolso abierto objeto de mi deseo, busco la oportunidad y la aprovecho. Hasta ahora solamente me he podido quedar con lo que no buscaba: dinero en efectivo, cheques al portador, a veces tarjetas de crédito, pues de alguna forma me tenía que mantener para seguir buscando lo que anhelo desde mi mismo nacimiento con un padre desaparecido y una madre muerta. Y sí, en todas las carteras están, y yo los miro, estudio su procedencia, los progenitores, el año de nacimiento, la foto: miro embelesado las fotografías. Pero nada. Aún no he podido encontrar mi verdadero documento de identidad.

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